domingo, 16 de marzo de 2014

"Amor en Desencuentro" capítulo 3








Capítulo III

Le sorprendió comprobar que era vecino de la hermosa Yidda, si solo hubiera manejado unos cuantos kilómetros más hubiera llegado a su destino esa fría noche, sonrió para sí, estaba feliz de no haberlo hecho, de otro modo no la hubiera conocido.
Sus tierras eran amplias y ricas, un poco desgastadas con el tiempo pero nada que una buena mano de obra no arreglara. Debía contratar empleados y material, Renzo le había dicho que no se molestara en colocar tiempo y esfuerzo en regresar a su gloria original lo que alguna vez fue uno de los campos de sembradío y ganadería más importante del país, pero Julián sabia que esas tierras tenían valor y al final valdría la pena. 

Su casa se encontraba en la entrada de la propiedad, era de dos pisos, blanca y algo desgastada como todo en esas tierras, grande y amplia, tenía múltiples cuartos abandonados pero amueblados.
- Con una mano de pintura se verá mejor – se dijo Juli mientras la recorría.
Entro en la que sería su habitación y siguió acomodando sus cosas en la enorme cómoda.
Saco su celular y lo miro como si estuviera maldito, no quería saber nada de nadie mientras estuviera allí, trabajar en el campo era todo lo que necesitaba. Suspiro y lo encendió. El aparatito vibro en su mano y Julián comprobó que tenía 2 mensajes.
Escucho el primero:
-       hijo mío como te encuentras??  Espero hayas llegado con bien. Te he dicho que esas son tierras viejas he ir a reacomodarlas es una locura – la voz de su Padre sonó melancólica -  pero tienes el espíritu libre de tu madre y sabía que nada te detendría, solo espero que consigas lo que has ido a buscar y no te olvides de tu viejo que ya te extraña. Llámame en cuanto puedas para saber de ti. -(saludos de mi parte) se escucho una voz atrás.- ah, si, saludos de parte de Edith.
El mensaje termino, Julian sonrío, su padre Piero era todo lo que él hubiera deseado en un padre y estaba feliz de que hubiera podido encontrar el amor en Edith después de la muerte de Sandra su madre. – Lo llamare en cuanto termine de instalarme – se dijo como recordatorio e hizo una mueca al mirar el nombre que marcaba el siguiente mensaje:

-       Juli te he llamado todo el día y no me cae, estoy cansada de intentar localizarte. Me puedes decir donde se supone que estas?? Es una locura esto!! Vos sos abogado no campesino, no da que andes dejando tus tareas aquí para irte a criar vacas, piensa en el futuro, en nuestro futuro. Yo quiero verte, ya te extraño. Igual no me preocupo porque sé que soy la única y me amas como yo te amo a vos. Espero tu llamado. Un beso. El amor de tu vida Manu Gómez.

Julián dejo el teléfono en la cama y se asomo por su ventana, eran casi las 12 y el sol estaba a pique. – El amor de tu vida – se dijo. Julián había intentado sin éxito sentir ese amor por Manuela, ella no era el amor de su vida y él lo sabía. Como también sabía que el amor que ella le profesaba no era tan real. Manuela como abogada era ambiciosa y él era el peón perfecto en su juego de ajedrez.
- el amor de mi vida – volvió a decir y una imagen borrosa se posó en sus pensamientos.
Un cabello bicolor, unos labios finos y rojos, un cuerpo escultura, unos ojos verdes como la Esmeralda. Yidda.
Enseguida se giro y se encamino hacía la ducha, necesitaba despejarse. Debía mantenerla fuera de sus pensamientos, ella era una mujer prohibida, por amor o no, estaba casada con el enemigo de su familia.        

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Yidda disfrutaba del sol en su piel, la brisa fresca que jugaba con su pelo y el suave movimiento que demostraba la fuerza del caballo que la hacía volar por sus tierras. Amaba cabalgar, la hacía sentir libre y en paz. Yidda bromeaba con el estar enamorada de su caballo, whisky.
La risa de Yidda fue amortiguada por el constante repique del galope del caballo- whisky- se llamaba su caballo, así le habían colocado Yami y ella cuando el pequeño animal había llegado a ellas siendo apenas un potrillo. Ahora era grande y majestuoso, negro e impresionante. – Rebelde como sus dueñas – se burlaba Yaya con cada desplante que les hacía el caballo cuando intentaban domarlo.
Con el tiempo el caballo se convirtió en la luz de los ojos de ambas chicas, mucho más ahora para Yidda. Era el mayor y más querido recuerdo que Yami le había dejado. Su enorme caballo solo la obedecía a ella, solo la respetaba a ella, solo la quería a ella.
-       Soooo – dijo Yidda acariciando suavemente el imponente cuello de su animal para que se detuviera.
Miro hacia delante y vio como entraba la enorme camioneta de su marido. – Está de regreso – susurro con odio. 

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Ernestoera un hombre alto y fornido con el cabello marrón y los ojos castaños, de piel blanca y porte rudo.
Era guapo  y lo sabía, un hombre rico y sin escrúpulos conocido por su desalmado corazón  y temido por su ambición y poder.

Bajó de su carro en un salto enérgico y vigoroso  y camino con andares regios hasta su casa, se detuvo en el porche y giro la vista para observar a su hermosa esposa.
Yidda, lo único en la vida que se le había sido negado, cabalgaba sobre ese necio caballo que ella amaba.
Ernesto adoraba a esa mujer, ella fue lo que siempre quiso  y nunca obtuvo. Conseguirla como esposa había sido un milagro del cielo para el pero sabía que ella no era suya  y nunca lo sería.         

El rostro de Yamila irrumpió de repente en su mente; sus almendrados ojos cafés, su rubio cabello que caía como una cascada del sol por su espalda, su menudo, pequeño, suave y cálido cuerpo que solía abrirse para él con amor.
Desterró con horror ese pensamiento  he intento concentrarse en el escultural y sensual cuerpo de su mujer.
Yamila volvió a él con una sonrisa triste en el rostro  y sus mejillas sonrojadas.
Recordó como ella se abría con amor a él en cuerpo y alma. Rechino los dientes, Yidda jamás lo había amado, jamás había encontrado en ella ese suave y cálido amor que deseaba.
Se perdía en cada perfecta curva de su cuerpo sintiéndola fría y distante, inexpresiva, casi impersonal.
-       Pero eso me hace desearla más – se dijo Ernesto.
Quería poder sentir de Yidda un cuerpo cálido, un alma abierta  y un corazón entregado. Sabía que no lo conseguiría, sabía que ella nunca se lo daría porque lo odiaba.
Sonrió malévolamente. – ya vas a caer, tarde o temprano me amaras.  

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