A la hora prevista Israel fue a recogerla. Había pasado la noche calculando cuanto de cerca era recomendable que estuviese de ella. La noche anterior se había sobrepasado y ni siquiera habían llegado a la cama. Era algo físico, se recordó Israel haciendo un esfuerzo por creérselo. No debía tratarla como a una novia o una amiga especial. No lo era. Solo tenían en común el sexo. Y si tenía que actuar frente a todos, era para conseguirlo. No lo hacía porque echase de menos a su amiga. Para él sería un sacrificio para conseguir su objetivo. Pero un cuerpo como ese, bien merecía la pena. Solo tendría que soportar un almuerzo aburrido con los chicos y después podría estar toda la noche con ella.
Al llegar ella ya estaba lista y como le había pedido, iba muy abrigada. Llevaba unos vaqueros ajustados que Israel pensó que moriría de placer cuando se los quitase, unas botas altas blancas a juego con el abrigo de piel, un gorro que solo dejaba al descubierto su cara y dos hileras de tirabuzones, y una blusa entallada apenas perceptible por la gran bufanda que la tapaba casi por completo. Daba igual qué o cuanta ropa llevase siempre se veía bellísima. Pero que ¡mbécil había sido de no darse cuenta antes. Siempre se lo reprocharía. Al igual que el dejarse engañar por una mujer. Se había jurado que no lo haría.
Cuando volvió a vivir con su padre prometió no dejarse enredar por ninguna mujer como su madre. Había conseguido librarse de ella y no necesitaba a otra parecida. Pero Diana era igual, bella y superficial. Lo manipulaba para que pensase que lo quería cuando lo único que deseaba era un payaso a su lado que saltase cada vez que ella se lo pidiese. Pero él no lo haría.
Diana intentó asimilar que tenía algo parecido a una cita con Israel. No lo consiguió. Si había sido duro tenerlo lejos, en ese momento era aún más incómodo y desconcertante ir frente a todos como si fuesen los amigos de siempre cuando ambos sabían que no era así. Tenía claro que él solo la llevaba para cumplir su parte del trato y así obtener sus favores. Pero aprovecharía el día, le recordaría lo que era pasar tiempo juntos, como amigos.
Fueron los primeros en llegar. Poco después, llegaron los chicos. A continuación Julián y Yidda. Y por último las chicas con mil excusas por su tardanza. Los hombres se reunieron alrededor de la parrilla y las animadoras cotorreaban a la par que servían algunas bebidas. Diana se alejó de ambos grupos una vez explicado que su desaparición se debía a un nuevo trabajo y mudanza, y se sentó junto a su pareja de amigos.
Israel los observaba desde la distancia. Ella se veía preciosa cuando se reía, pensó extasiado, ignorando lo que su primo le estaba contando. Era evidente que las chicas habían hecho complot en contra del pobre Juli y se estaban riendo a su costa. Le gustaría poder estar allí. Pero no debía hacerlo. Se había prometido mantener las distancias con ella. No caería en su telaraña. Solo hablaría con ella lo justo y necesario. Solo cuando ella se lo pidiese. Había decidido que acabasen los conflictos, así que haría todo lo posible para no enfadarla de nuevo. Pero no se dejaría engañar. Ella era una víbora y él lo sabía.
Inmerso en la visión más bella que sus ojos nunca antes habían tenido el placer de admirar con tanta devoción, no se percató de que Vania se le había acercado. Le acarició suavemente el brazo haciéndolo bajar de nuevo a la realidad. Le entregó una cerveza y este se lo agradeció. Y continuó mirando a su preciosa y secreta amante. Como deseaba el momento en el que se hiciese un hecho. Pero tendría que esperar unas horas aún.
Vania se dio cuenta del ensimismamiento de Israel y la dirección en la que miraba. Ya todo el mundo llevaba tiempo hablando de que se miraban de una forma diferente, aunque nadie le dio mayor importancia. Pero ella sabía que sí la tenía. Sabía que Israel era un donjuán y el afecto que le tenía a Diana. Si unía ambas cosas el resultado no le gustaba.
- Que bien que haya vuelto Diani -dijo Vania intentando, sin éxito, parecer sincera. Israel desvió la mirada para ver a la morocha a los ojos y soltar una sincera carcajada.
- Estoy seguro de que si te hubieses enterado antes de que venía le habrías hecho una fiesta de bienvenida -repuso Isra en tono sarcástico.
- No somos amigas pero creo que tampoco enemigas. No le deseo ningún mal -protestó la chica verdaderamente ofendida.
- Me alegro de que no la consideres tu enemiga porque acabarías perdiendo la guerra contra ella -comentó él con un tono casi imperceptible de desprecio y orgullo a la vez por la bella chata.
- Ni ella es tan inteligente ni yo tan ton'ta ¿sabes? -replicó Vania irritada.
- No lo decía por eso. Ella tiene bastante más maldad que tú -le explicó fulminando en la distancia a Diana- Si ella quisiese hacerte daño, tiene más armas que tú para hacerlo.
- Pareces enfadado ¿Os habéis peleado? -preguntó la morocha esperanzada.
- ¡No! Solo decía -concluyó Israel recapacitando en el error que había cometido casi descubriéndose frente a Vania.
La conversación con Vanis continuó tan aburrida como era de esperar, pero el interés por seguir escuchándola fue mínimo cuando vio a su primo sentarse junto a Diana. Observó complacido la cara de desprecio que le puso ésta, y como sus amigos se reían tras la marcha apresurada de su primo. Imaginó que ella lo había espantado ¿Se suponía que él debía hacer lo mismo con Vania? No estaba haciendo nada malo. Además, ellos no eran pareja. Mantendría su acuerdo de exclusividad, ya que no tenía ningún interés por ninguna otra mujer. Pero no se debían explicaciones.
Sus propias palabras se volvieron en su contra al verla acercarse a la mesa donde estaban las bebidas. Todos los chicos la rodearon y comenzaron a charlar animadamente. Ella los sonreía y contestaba a todos los comentarios. Quiso matarlos a todos y encerrarla a ella en un lugar donde nadie la pudiese ver nunca. Caminó a toda prisa hacía ellos y se unió al grupo haciéndose un hueco al lado de Diana de un empujón.
- Hola -saludó Israel marcando territorio, colocándole el brazo por encima de los hombros a Diana. Todos captaron la indirecta y se fueron- ¿Qué haces? -le preguntó irritado.
- He venido por algo de beber. Esperaba a que una cerveza viniese mágicamente hasta mí, pero viendo que no pasaba, me he tenido que levantar -bromeó Diana risueña.
Israel ignoró tanto el chiste como a ella y caminó, dándole la espalda, hacía Juli y Yidd. Ella lo siguió, no porque desease hacerlo sino porque se dirigían al mismo sitio.
Él decidió que su idea de mantenerse lejos no era conveniente cuando había tantos buitres cerca. Así que se quedaría con ella. Aunque no le gustase la idea de compartir tanto tiempo con ella.
Diana supo desde el mismo momento en el que vio a todos los chicos cerca de la mesa donde estaban las bebidas, que era el momento perfecto de ir a por algo para tomar. Si Israel pensaba que se iba a librar de ella tan fácilmente, estaba equivocado. Sabía que era un posesivo y un celoso. Siempre lo había sido, incluso, de pequeños cuando su papá lo fastidiaba diciendo que ella quería más a su padre que a él. Isra se había puesto a llorar desconsoladamente hasta que Diani le había dicho que no era cierto, que él era la persona a la que más quería en el mundo. Ese era su punto débil y lo pensaba explotar.
No entendía como había podido olvidar todo lo que habían vivido juntos. Eran demasiados recuerdos para desechar por un error. Ni ella, que se consideraba la peor persona sobre la tierra, creía que se mereciese el trato que le estaba dando. La trataba como a una desconocida con la que compartió una noche loca y quería repetir la experiencia sin ataduras. Pero si él pensaba que era una manipuladora, podía estar seguro de que lo sería. Convertiría su gran plan de sexo sin compromiso en su perdición
Volvería a tratarla como se merecía o se alejaría de ella para siempre, pero no lo dejaría aprovecharse de ella. Nunca.
A Israel le costaba mucho esfuerzo mantenerse al margen de las bromas y fingir desinterés. No quería que ella supiese que estaba disfrutando de la conversación. Así que se mantendría como un espectador, mientras las pequeñas arpías se divertían a costa de las anécdotas de Julián.
- ¡Oh, vamos, Yidd! No te rías del pobre Juli -ordenó risueña Diani- Ya ha dicho que estaba borracho. Y nosotras hemos hecho cosas peores en ese estado.
- Nunca me he desnudado en una clase a primera hora de la mañana -replicó Yidda recordando la historia contada por su novio.
- ¡Ya! Porque nuestras borracheras solían acabar a eso de las diez -le recordó la rubia con una sonrisa maliciosa.
- Que peligrosas tenéis que haber sido vosotras juntas -afirmó Julián examinando la sonrisa pícara de ambas.
- Es una pena que ya no podamos. Cuando éramos bailarinas, después del show nos íbamos de fiesta. Pero ahora yo tengo que quedarme a recoger la barra y Diani es la última en irse -explicó la chica añorando los viejos tiempos.
- Hablás demasiado en pasado. Y tengo toda la intención de no dejar de divertirme simplemente porque a ustedes de les haya dado por ser formalitos -protestó Diani con el ceño fruncido haciéndole un mohín a su amiga.
- Claro que puedes contar conmigo. Siempre que no acabemos como en la fiesta del Vodka -replicó Yi, estallando ambas en carcajadas.
- ¡Quiero saber qué pasó! -rogó Juli con una gran sonrisa.
- Nada. Solo que tu novia quería irse a vivir a una maquina de tabaco -comentó Diana sin poder parar de reír.
- No lo entendí, pero estoy ansioso por escuchar la historia -afirmó el morocho divertido.
- Pues aquí mi amiga, que con la borrachera se me perdió, y cuando me la encontré estaba frente a una maquina de tabaco dándole desesperadamente a los botones y pidiendo que le abriesen que quería subir a acostarse -contó Rocio llorando de la risa. Isra no supo cómo consiguió no soltar una carcajada. Pero la aguantó.
- ¡Aich! ¡Cállate! -le tiró unas patatas a la cabeza mientras también se reía con el recuerdo- Yo solo confundí los botones con los de un portero automático, no me dio como a otras -recalcó la palabra pronunciando cada sílaba para que supiese que se refería a ella- por montarme en un árbol y quedarme dormida allí.
- ¿Qué? -preguntó Julián sorprendido.
- Como lo oyes. Se subió a un árbol y se quedó dormida. No sé como no se cayó y se mató -protestó Yidda, con una mirada de reproche.
- De pequeña lo hacía mucho. Cada vez que no la encontrábamos por ninguna parte, estaba sobre algún árbol cercano -explicó Israel en un tono tierno por los recuerdos.
- Pero ¿a qué no llevaba minifalda y tacón de aguja? -le aseguró Yidd.
- ¡No! -se dio por vencido en la batalla y soltó una carcajada. Imaginársela con ese atuendo subiéndose en un árbol, era una locura que solo ella podía hacer.
- Tú lo que tienes es envidia porque ni con ropa deportiva eres capaz de subir -se burló Diana de Yidda sacándole la lengua.
Israel se estaba divirtiendo, no lo quería admitir pero así era. Y Diana era la misma chica loca y divertida que él conocía. Se negaba a ceder tan rápido pero no quiso estropear la charla. Y aunque de vez en cuando conseguía volver a ponerse serio, su amiga contaba algo que lo hacía recaer. La echaba tanto de menos. Su risa. Sus locuras. Su compañía ¡A ella!

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