domingo, 2 de febrero de 2014

"Amigos Desconocidos" capítulo 31





Las semanas fueron pasando y la amistad entre ellos se fue evaporando como el humo de una hoguera en sus últimos coletazos. Israel no soportaba ver la expectación que levantaba allí donde iba ella. Ya no disimulaba sus curvas y lo torturaba cada día más. Era incapaz de estar cerca de ella, por mucho que quisiese mantener la relación que una vez tuvieron. Había desaparecido. Ella era una perversa ninfa que lo torturaba con cada sonrisa y él estaba harto de fingir que todo estaba bien entre ellos.

Cada día Diana estaba más triste. Sabía que Isra odiaría a la verdadera Diani pero no pensó que fuese a ser tan doloroso. Intentaba sonreírle y poner buena cara a todos sus prontos de furia injustificada pero solo empeoraba la situación. Así que había decidido alejarse lo suficiente para que él pudiese aclararse qué quería de ella. Si solo quería una conocida más y echar por tierra tantos años de amistad, no le quedaría más que aceptarlo. Pero no soportaría ni una subidita de tono más.

Frente a todos aparentaban estar como siempre, incluso más unidos, ya que ahora también bromeaban con el sexo. Continuamente se repetían esas burlas, y eso era lo que los torturaba a ambos. Pero a solas no eran capaces de estar más de un minuto sin discutir.

- Bueno parejita ¿para cuando la boda? -bromeó Julián.
- Para cuando Yidda te de bola, osea, ¡nunca! -replicó Diana burlona.
- ¡Cruel y despiadada! -espetó con fingida furia- No sé como Isra te aguanta. Algún día verá lo arpía que eres y te mandará por un tubo -se rió Juli de ambos.
- Da igual. Solo lo quiero por el sexo -se burló Diana sonriendo a Isra
- Pues andamos escasos de ese tipo de encuentros -continuó la broma Israel
- Es que me duele la cabeza -dramatizó burlona.

Ambos habían aceptado ir a tomar algo juntos porque los demás iban con ellos. Hasta el momento solo Julián los acompañaba. Y ya estaban deseando largarse de allí. Israel cada vez estaba más convencido de que Diana era una desconocida para él. Tenía claro cual de las dos era la falsa. Su amiga, su Dianiya, nunca había existido. No es que le disgustase la nueva Diani, la adoraba. Y ese era el problema. Adoraba a esa coqueta niñita que con solo una sonrisa le hacía perder el control. Y la culpaba por haber hecho desaparecer a su ángel de la guarda. Por tenerlo obsesionado día y noche con sus suaves y deliciosas curvas. Y sobre todo la culpaba por no necesitarlo.

Pasaban las semanas y conocía más de ella, de su vida. Había hecho tanto sin él, que parecía una persona distinta. Era una persona distinta. Desconocida. Aún no asimilaba el motivo por el que no asistía a las clases del profesor Harold. Siempre había pensado que era porque era el típico guaperas intelectual que tenía a todas sus alumnas enamoradas y no deseaba ser testigo de semejante degradación. La realidad era que mantuvieron una relación y él no lo había superado. No asistía a sus clases por miedo a que le armase un pleito frente a todos.

Ella no era diferente de las demás. Había descubierto a su pesar, que no había nada especial en ella. Salvo esa increíble sensualidad que lo traía loco. Se detestó por ser tan débil. Pero ella no merecía mucho más que eso. Solo deseo. El amor que pudiese haber tenido por ella solo fue un engaño. Él quería a la niña que le leía el alma con solo mirarlo a los ojos. Y esa no existía. Pero esa pequeña arpía frente a él lo tenía obsesionado. Deseaba estrangular con sus propias manos a todo aquel que la mirase. Pero no lo merecía, se repetía una y otra vez. Ella no era especial, era como todas. Y ¿por qué no había podido estar con ninguna otra desde que la tuvo en su cama?

A Diana no le costaba darse cuenta de la ira que sentía su amigo. Si podía seguir llamándolo así. Por mucho que se esforzaba en bromear y seguir sonriendo, no era fácil. Sabía que para él descubrir que era una mujer y que se comportaba como tal, sería duro de asimilar. Pero tenía la esperanza de que pudiese superarlo. Cuanto más tiempo pasaba menos esperanzas le quedaban, pero no podía volver a disfrazarse y hacer como si nada hubiese pasado

Un día en plena discusión absurda por cualquier cosa sin valor, el profesor con el que había mantenido una intensa relación apareció ante ellos y le montó una escena de celos que todavía recordaba con rabia. Tuvo que explicarle a Isra la situación y este se marchó sin siquiera despedirse. Al día siguiente, había actuado como si nada hubiese pasado por lo que no quiso tentar a la suerte, y no habló del tema. Le hubiera gustado decirle que lo conoció antes de enterarse de que era profesor de esa universidad y que comenzaron a salir porque le había cautivado el hecho de ser capaz de pasar una noche entera hablando de cualquier tema sin tener que acabar en la cama. Obviamente el sexo había sido importante entre ellos. Pero nadie podía criticarla por mantener relaciones con su pareja. Cuando se enteró de que podría ser profesor suyo, no solo evitó estar en su clase, sino que acabo con la relación. No era tan especial como para meterse en ningún problema por él.

Ahora nada importaba. Sus ex novios, trabajo o vestimenta. Estaba perdiendo a su amigo. Y lo peor es que empezaba a pensar que le era tan desconocido como ella lo era para él. Se comportaba de una forma muy extraña. La ignoraba y evitaba de todas las formas posibles y de repente se aparecía y espantaba a cualquiera que se le hubiese acercado, para después marcharse como si no hubiese pasado nada. Sabía que iba todas las noches al local, por mucho que se escondiese de ella, y no entendía para qué, ya que todas sus bailarinas le habían dicho que intentaron seducirlo y él las rechazó a todas. No soportaba verlo así. Siempre serio y malhumorado. Y lo peor es que no quería hablar del tema. 

Nadie notaba nada diferente en él porque no actuaba de forma distinta frente a ellos. Bromeaba sin cesar y seguía diciéndoles a todos que ella era su mejor amiga. Sin embargo, no era así. No se sentía así.

En esas tensas semanas Israel había intentado acercarse más a Vania, sin ningún éxito. Siempre acababa más pendiente de la diosa morocha a la que todos atendían y consentían. Había conseguido odiar a su primo hasta límites insospechados, por convertirse en el perrito faldero de Diani. Y ella se veía encantada con todas sus atenciones. Conseguía lo que quería de cualquier hombre con solo sonreírle. Y se odió por ser uno de ellos. Pero por muy superficial que hubiese resultado ser, por mucho que lo hubiese decepcionado como persona, seguía siendo la mujer más hermosa y sensual que había visto nunca. Y como un ¡mbécil babeaba por ella como todos.

El primo de Isra empezaba a ponerse pesado, pensó Diana exasperada. Pero no podía pedirle ayuda a Israel en las actuales circunstancias, así que se aferraba a Julián. Era el único que no había cambiado su actitud con ella. Probablemente porque era el único que la conocía así casi desde un principio. O porque era el único que no deseaba llevársela a la cama. Israel tampoco, se dijo Diana triste. Pero la trataba como una apestada, por mucho que fingiese que todo estaba bien.

Después de que todos llegaran y algunos se pasarán de tragos, Juli anunció una fiesta en su piscina. Por la época que era una fiesta de ese tipo no sería adecuada. Pero en la gran mansión de los D'alessandro la piscina era cubierta. Podrían hacer una barbacoa, jugar y bañarse sin problemas, sin preocuparse por el tiempo o la temperatura.

- ¡Genial! ¿Tú vendrás Diani? -preguntó impaciente un chico.
- Ehm... -fue lo único que fue capaz de decir ante la clara intención del muchacho por verla en bañador.
- ¡No! -respondió tajante Israel.
- ¿Por qué no? -preguntó curioso Juli- La haré entre semana para que pueda ir. Yo se que trabaja los fines de semana.
- ¡Y Yidd! -repuso Diana risueña.
- ¿Quién es Yidd? -quiso saber Vania extrañada.
- El motivo por el que quiere que yo vaya -contestó la chata soltándose en carcajadas- Mi Juli -le dijo pasándole un brazo por los hombros- ¿crees que serás capaz de verla en bikini y no abalanzarte sobre ella? 

¡Él desde luego no!, pensó Israel imaginándose a Diani en bikini. No debía ir a esa fiesta o su autocontrol se haría trizas. Tenía que impedir que fuese o no ir él, pero no podía verla en traje de baño sin rendir tributo a cada centímetro de piel descubierta.

- Yo no podré ir -afirmó Isra finalmente.
- No digas tonterías, si tú me has ayudado a organizarla y no tenías problemas para asistir hasta hace un minuto -replicó Julián ignorando el comentario

No tenía problema para ir hasta que se enteró de que ella iba. No contaba con ello. Ella nunca asistía a esa clase de encuentros. Pero claro, antes se escondía de todos, y ahora se exhibía sin pudor. No pudo argumentar nada en contra, así que se mantuvo en silencio. 

Diana lo notó e intentó librarlo de lo que al parecer era su desagradable presencia. Pero Julián la obligó a decir que si iría, para poder invitar así a Yidda. No quería estropearle el día a Israel pero sabía que tanto Julián como Yidda ya estaban preparados para dar una paso en su relación. Él la había buscado e ignorado al resto de mujeres durante semanas y ella lo había rechazado de mil formas distintas. Aún así él no se había rendido. Y era el momento de que obtuviese lo que se había ganado a pulso.

¿Por qué no podría ser Israel así? se preguntó Diana conteniendo la rabia. Seguro que él habría estado con cientos de chicas -aunque ninguna de su local, o lo sabría-. Él no tenía el más mínimo interés por ella. Seguramente le daba pena por tantos años de amistad y por eso seguía fingiendo frente a todos. Pero era obvio lo mucho que le repugnaba tenerla cerca. Cada vez que lo miraba tenía la vista fija en ella, con una expresión clara de rabia.

Israel estaba empezando a hartarse de que todos los hombres del planeta cogiesen la confianza de tocarla sin pedirle permiso. Era posible que él no fuese nadie para que le tuviesen que pedir permiso, pero al próximo desgraciado que se le ocurriese abrazarla o tocarla de cualquier forma que a él le desagradase, le arrancaría el corazón con una cucharita de postre.

Cuando era su amiga todos la respetaban y no la tocaban y ahora lo hacían sin cesar. Cada día era más posesivo. Y aunque conseguía controlarse y no decir nada, la rabia lo dominaba ¡Y ella tenía la culpa de todo! Se dejaba tocar y encima los sonreía y era cortés con ellos. No lo soportaba.

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