El estacionamiento de la escuela estaba casi vacío. Sólo quedaban algunos autos
estacionados. Reconocí la camioneta de Mario y la de Nicola. Ambos debían seguir
en la práctica. Me podría haber ido hace una hora a casa. Mario estaba en la sala
de pesas y no había respondido mi último mensaje. Ir a casa no era algo que
pudiera manejar en este momento. Mi tía Caroline y su hija Alondra llegaron anoche a
casa y se quedarán por tiempo indeterminado. El tío Nolan fue descubierto
haciendo cosas que no debía con su secretaria, arriba de la copiadora; y la tía
Caroline dejó su casa. Nosotros éramos el —único lugar en que
podía pensar— y eso no nos hacia los ganadores de la lotería.
Tener a Alondra invadiendo mi espacio
personal ya era más que frustrante. Ella era tan educada y fina. Quería gritar o
posiblemente estropearle en cabello y abofetearla un poco para que mostrara
alguna emoción.
Mario está siempre ocupado con el fútbol y Nicola
está actuando como si yo no existiera. En ocasiones como estas, cuando me sentía
tan sola era cuando corría con mi abue para que ella volviera todo a la normalidad.
La vida es tan injusta.
—¿Qué tiene de malo tu auto?
La voz de Nicola me sobresaltó. Di media vuelta y lo vi a unos pies de mí con su
casco y hombreras en una mano y con la camiseta que debería tener puesta, en la
otra. Dios mío, porque tenía que caminar sin camiseta. Recorrió su mirada de mi
carro a mi cara. Arrastre mis pies nerviosamente. No habíamos estado solos en
dieciséis, no diecisiete días.
—Has estado aquí parada viendo tu carro por cinco minutos. Supongo que algo te
está molestando.
Las lágrimas me pican los ojos. Estar tan cerca de él y tenerlo mirándome y
hablándome directamente era maravilloso e increíblemente doloroso.
—¿Qué pasa Angie?
Tragarme el nudo de la garganta no ayudó. Me mordí el labio inferior y me encogí
de hombros. Él se quedó callado por un momento. Podía ver la indecisión en su
cara. Finalmente tomo mi mochila y toco mi cintura.
—Ven conmigo. Tú hablas y yo escucho.
No discutí. Quería esto. Lo necesitaba. Deje que me guiara a su camioneta y abriera
la puerta del copiloto para que pudiera entrar. Primero no hablamos. Yo trabajaba
en mantener mis emociones bajo control mientras que él llevaba su camioneta por
un camino conocido que conducía a nuestro lugar en la bahía.
—¿Me quieres decir que es lo que te enojó? —preguntó él.
Me miró por un segundo, pero rápidamente regresó su mirada de nuevo a la
carretera. No estaba segura de cómo contestar su pregunta. Muchas cosas estaban
mal. Yo estaba con Mario, actuando como una persona que no era. Alguien que
me di cuenta que ni siquiera me agrada. La escuela había empezado y allí estaba
Nicola todos los días, en los pasillos, en la cafetería, en mi salón. Podía verlo pero no
tocarlo. Eso me estaba matando. Después, claro, allí estaba mi tía y Alondra
tomando el último refugio que tenia. Mi casa. Mi habitación.
—Vamos Angie, dime que pasa.
—Mi tío engañó a mi tía y ahora ella y mi prima se mudaron a mi casa. Alondra está
todo el tiempo en mi habitación. No tengo privacidad. Mi tía se la pasa llorando y
contando la historia de cómo encontró a mi tío. No hay donde esconderse. Sólo
quiero salir corriendo al bosque y gritar.
Una risita a mi lado me debería haber molestado, tenerlo riéndose de mi
predicamento, pero echaba tanto de menos ese sonido, que me hizo sonreír.
—La familia puede ser un desastre —dijo, de forma sombría. Me pregunto si se
estaba refiriendo a Mario. ¿Le importaba que yo estuviera con Mario? No lo
podía saber. Quería creer que estaba escondiendo sus sentimientos de mí pero me
parecía muy poco probable. Él se reía y coqueteaba con cualquier cara bonita de la
escuela como siempre lo ha hecho.
—Así que te encontré parada, a unos metros de distancia de tu carro, viéndolo
como si tuviera dientes y te fuera a morder, porque no querías ir a casa.
Estaba pensando admitir que lo extrañaba, que luchaba contra la urgencia diaria
de subirme a mi carro y manejar hasta el bar al que me había llevado a jugar billar,
esperando verlo allí.
Palmeó el lugar a su lado y yo me deslicé junto a él sin dudarlo. Su mano encontró
la mía y la apretó. Por primera vez desde que Mario regreso me sentí completa.
Estar con Nicola me hacía creer que todo estaría bien. Que los problemas que nos
mantenían separados no siempre importarían y todo saldría bien.
Llegamos a nuestro pedazo de tierra con vistas a la bahía. Todo se veía
diferente con la luz del sol. Él soltó mi mano y empezaba a alejarme cuando su
brazo de deslizó detrás de mí para atraerme. Suspiré y recargué mi cabeza en el
hueco de su brazo. Ninguno de los dos habló. Sólo nos sentamos allí a ver como se
ponía el sol en el agua.
Mis ojos se empezaron a cerrar y sonreí al pensar como todo era más fácil con él
allí.
—Angie. —El aliento de Nicola cosquilleo mi oído.
Abrí mis ojos y me llevó un momento darme cuanta dónde estaba. Tallándome los
ojos, lentamente me senté.
—Me dormí —dije.
Nicola se rio.
—Sí, lo hiciste.
—Lo siento, no era mi intención.
Nicola tomó un mechón de mi cabello para ponerlo detrás de mi oreja y me sonrió
con esa sonrisa de lado que siempre hacía que mi corazón revoloteara.
—No lo sientas, no puedo pensar haber tenido un mejor momento desde… bueno
desde…
¿A que se refería con eso? ¿Desde cuándo? ¿Desde este verano cuando sólo éramos
nosotros? ¿Antes de que él me dejara irme de su tráiler sin discutir?
—Necesito recuperarte. Mario te mandó un mensaje y te llamó varias veces. La
última vez que te marcó pensé que ya era hora de despertarte. A pesar de que
disfrute tenerte dormida sobre mi.
Mi corazón retumbó contra mi pecho. Escucharlo decirme cosas así me daba
esperanzas. Esperanza para qué, no lo se. Fui yo la que decidió que eso no valía la
pena. Él me paso mi celular.
—Contéstale, esto va a ser difícil de explicar así como está.
Leí los dos mensajes que preguntaban dónde estaba. Se veía preocupado en su
último mensaje. Mi carro estacionado en la escuela lo preocupaba.
El celular de Nicola sonó, lo miro y frunció el seño.
—Es Mario.
Tomé su teléfono.
—Déjame contestar a mí. Se lo explicaré de todos modos. Además no hicimos nada
malo.
—Hola.
—Angie, ¿donde estas? ¿Por qué contestas el teléfono de Nicola? He estado tratando
de llamarte.
—Lo siento, lo sé, estaba a punto de llamarte, estaba dormida. Nicola me encontró
en el estacionamiento. No quise ir a casa y encarar todo el drama. Él se ofreció a
escucharme y termine por quedarme dormida. Me dejó dormir. Pero me está
llevando a mi carro ahora.
Mario se quedó mudo por un momento. Mire a Nicola quien me estaba observando
como si fuera un león que presentía el peligro y estuviera preparado para saltar.
—De acuerdo, iré a esperarte a tu carro —finalmente respondió.
No estaba segura de lo que Mario estaba pensando por el tono de su voz. Casi
siempre podía adivinar su humor por teléfono.
—Entonces te veré en un ratito —dije y le devolví el teléfono a Nicola.
Él lo cerró y asintió en dirección al lado del copiloto de su camioneta.
—Si el nos va a estar esperando, creo que es mejor que te subas. No estoy seguro
de que será muy comprensivo.
Nicola encendió la camioneta y se dirigió al pueblo. De mala gana me deslice hasta
el otro extremo de la camioneta. Lejos de su calor.
—Nicola…gracias. Lo necesitaba. Te… necesitaba.
Dejó escapar un profundo suspiro y agito la cabeza.
—Decirme cosas como esas, hacen esto más duro para mí. Siempre estaré aquí para
ti. Pero no me digas que me necesitas.
—Pero no lo puedo evitar, te necesito.
—Demonios Angie, no puedo escuchar eso, no puedo pensar en eso. Puedo manejar
negarme lo que necesito. Lo que quiero. Pero no te lo puedo negar a ti.
—Tú quieres mucho a Mario. Él es como tu hermano. ¿Podrías herirlo de esa
manera? ¿Podrías perderlo por una chica? No sé si pueda dejarte que lo hagas. Un
día me vas a reclamar por interponerme entre ustedes dos. Nunca serías capaz de
amarme. Siempre sería un recordatorio de cómo perdiste a Mario.
Recargué mi cabeza en el respaldo y cerré los ojos. Había tantas razones por las
que nunca tendría a Nicola. Y cada vez que mencionaba una, hacía una herida más
en mi corazón.
—Tienes razón —dijo con un ronco susurro.
Escuchar que él estaba de acuerdo era como si enterrara una espada en mi pecho.
Retuve un sollozo y giré mi cabeza al lado contrario.
Ninguno de los dos habló otra vez.
Cuando se estacionó a un lado de mi carro, Mario estaba al lado del pasajero de la
camioneta de Nicola, inmediatamente abriendo la puerta y alcanzándome.
—Lo siento nena. He estado tan concentrado en el fútbol que te he ignorado.
Acabas de perder a tu abuela y tus parientes han invadido tu casa.
Me atrajo a sus brazos y yo dejé que me abrazara. En esos momentos mi pecho
dolía tanto que necesitaba a alguien que me mantuviera unida. Incluso si ese
alguien no era Nicola.
—Gracias Nicola, tú estuviste allí para ella cuando yo no estaba. Te debo una —dijo
Mario, por arriba de mi cabeza.
No miré a Nicola. Mantuve mi cara enterrada en el pecho de Mario.
—De nada —respondió él.
Mario cerró la puerta de la camioneta y escuché como las llantas pasaban por la
grava. El sonido de Nicola dejándome aquí con Mario.
—Vuelve a casa conmigo. Estoy haciendo una parrillada con mi papá esta noche y
mis padres estarán encantados de tenerte allí —dijo Mario, alejándome para
mirarme a la cara.
No podía decir que no. No quería decir que no. Ir a casa significaba más Alondra y
más tía.
—Claro.

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